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miércoles, 12 de febrero de 2014


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Chankillo
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Chankillo
Iván Ghezzi
 

Chankillo es el ejemplo más destacado de una nueva clase de complejo arquitectónico monumental que hace su aparición en el paisaje de la costa centro-norte del Perú, en particular entre los valles de Virú y Huarmey, en la época posterior al ocaso de los estilos Cupisnique y Chavín, y por lo tanto probablemente después del abandono del templo en Chavín de Huántar.
Estos asentamientos en las cimas –lugares apropiados para advertir el avance del enemigo y defenderse—, constituyen la arquitectura pública de mayor envergadura para la época, que no se encuentra ni en las aldeas ni en los conjuntos de arquitectura ortogonal de supuesto carácter residencial de élite[i].  Por lo tanto, es lícito suponer que su estudio aporta información clave sobre la forma en que se ejerce el poder en un periodo crucial en la prehistoria de los Andes Centrales que separa dos procesos, cada uno con una lógica propia: el desarrollo de centros ceremoniales desde el periodo Precerámico Tardío hasta el Horizonte Temprano, y la formación de los estados expansivos durante los periodos Intermedio Temprano y Horizonte Medio.
Se ha enfatizado con mucha razón desde los escritos de Collier[ii] la probable relación entre la construcción de asentamientos fortificados como Chankillo, y la creciente proliferación de armas en los ajuares funerarios, por un lado, y de las imágenes de guerreros, por el otro.  Sin embargo, Chankillo no es solamente un lugar fortificado; es también un complejo de arquitectura planificada con rasgos de centro ceremonial, centro administrativo, refugio, y lugar de batalles rituales, que se extiende sobre 4 kilómetros cuadrados de paisaje desértico en el río Casma, en la costa de Ancash (Fig. 1).
Este sitio comprende varios conjuntos monumentales de piedra: la “Fortaleza”, que ocupa la cima de un promontorio rocoso, amplios recintos amurallados sobre una baja meseta, y las “Trece Torres”, separados por descampados arenosos.  Los fechados radiocarbónicos calibrados indican que fue ocupado entre los años 400 y 0 a.C.
Sin duda, el sector más extraordinario es el observatorio astronómico centrado en las Trece Torres —una hilera de torres pétreas construidas sobre una colina al centro del sitio—.  La hilera tiene una orientación Norte-Sur, aunque las torres 11-13 —numeradas a partir de la torre más al norte— cambian de dirección hacia el suroeste.  Por su posición elevada, cuando se observa las torres desde la parte baja, éstas forman un “horizonte artificial” subdivido por cortes profundos (Fig. 2).
Las investigaciones arqueoastronómicas prueban que la porción del cielo abarcada por este horizonte simulado corresponde con precisión al rango de posiciones de salida y ocaso del Sol en el año[iii].  Dos “puntos de observación” astronómica, incorporados en las construcciones al este y al oeste, permitían usar las torres como “marcadores” en el horizonte, tal como hicieron los Incas casi dos milenios más tarde[iv].
Desde el punto de observación oeste, la salida del Sol en el solsticio de diciembre ocurría sobre la Torre 13 (Fig. 3).  En el solsticio de junio el Sol salía entre la Torre 1 y el cerro Mucho Malo, distante 3 Km. (Fig. 4).  Así, en el solsticio de invierno, época del año asociada tradicionalmente con festivales de cosecha en esta parte del mundo, el Sol emergía entre una formación natural y una construcción humana.  En la dirección opuesta, del punto de observación este, el ocaso en el solsticio de diciembre ocurría a la izquierda de la Torre 12 –la última visible desde aquí debido al cambio de orientación—, mientras que para el solsticio de junio el Sol se ocultaba a la derecha de la Torre 1. 
La salida del Sol en el equinoccio ocurría en el espacio entre las torres 6 y 7.  Si se cuenta el espacio entre la Torre 1 y cerro Mucho Malo como el decimotercero entre las torres, entonces la posición equinoccial era la central.  Del lado opuesto, desde el punto de observación este, el ocaso equinoccial ocurre casi exactamente al centro de la hilera de doce torres visibles. 
La concordancia entre la extensión de las torres a lo largo del horizonte y el arco solar habría permitido rastrear su recorrido anual con una exactitud de 2-3 días.  Por otro lado, la equidistancia entre las torres sugiere que el calendario se dividía en unidades regulares: las salidas del Sol en los espacios de las torres centrales –3 a 11— estaban separadas por lapsos de 10 días.  Sin embargo, los lapsos eran más largos para las torres de los extremos —1, 2, 12 y 13—, pues cerca al solsticio, el Sol se mueve más lentamente en relación con el horizonte. 
Las Trece Torres integran un espacio público y ceremonial con una combinación de funciones relativas al culto solar, banquetes rituales, administración, redistribución y otras prácticas.  En este gran espacio público se encuentra también otras construcciones monumentales.  El gran centro administrativo al pie de las torres consta de numerosos patios y recintos de varios tamaños, interconectados por pasajes y accesos, además de depósitos e instalaciones para preparar y almacenar chicha –a juzgar por los abundantes restos de maíz—.  El patrón de circulación sugiere una organización a la vez dual y cuatripartita, con cuatro conjuntos de recintos, cada uno con accesos independientes, dispuestos a ambos lados de un eje central compuesto por un conjunto laberíntico y varios patios de distribución.  Los recintos posteriores disminuyen en área, pero ganan altura, y cuentan con un control del acceso más estricto.
La plaza, por otro lado, es un amplio espacio abierto.  Las Trece Torres y la Fortaleza, por su posición elevada y escala monumental, destacan como los elementos dominantes del paisaje visible desde la plaza.  Esta plaza no esta cercada por muros, ni definida por edificios en todos sus lados; sin embargo, se distingue claramente por la modificación artificial –nivelación, relleno, y limpieza de escombros— del terreno original para crear un espacio abierto y relativamente plano en comparación al paisaje circundante.  En varios lugares de esta plaza se halló ofrendas de antaras de cerámica y mullu (Spondylus princeps sp.), mientras que en los alrededores se encontró restos de vasijas utilitarias, antaras y maíz.
En la plaza se habría celebrado grandes banquetes, con consumo de alimentos y bebidas, acompañados de música, danzas y otras prácticas rituales.  Estas festividades estarían organizadas en un calendario ritual programado con la observación sistemática del pasaje estacional del Sol.  Algunos eventos astronómicos muy notables eran visibles no sólo desde los observatorios, sino también desde la plaza, por ejemplo el ocaso del Sol en el solsticio de diciembre sobre la Fortaleza.  Eventos como éste habrían sido probablemente las fechas centrales de este calendario ceremonial.  Durante estas festividades, un gran número de peregrinos se habría reunido en la plaza para participar de las ceremonias.  
El observatorio astronómico de Chankillo, que fue construido cientos de años antes que el observatorio maya más antiguo en Uaxactún,[v] es el más antiguo conocido en América.  Esta sofisticada creación humana no fue sólo un instrumento para la observación solar y el control del tiempo; habría servido además para regular el calendario ceremonial y dar soporte a la jerarquía social establecida[vi].
Es un imponente edificio ovalado de piedra, ubicado estratégicamente sobre una colina a 180 m de altura sobre el valle aledaño (Fig. 5).  Ha sido interpretado como fortaleza, reducto, y lugar de culto[vii].  No obstante, las investigaciones arqueológicas recientes permiten ofrecer una interpretación alternativa de la función de este edificio como un templo fortificado[viii].
El sistema de fortificaciones cuenta con dos murallas concéntricas; en algunos sectores éstas aún tienen 8 m de alto y 6 m de ancho.  Las murallas están coronadas por parapetos, que servían un propósito defensivo (Fig. 6).  Sus monumentales portadas son pasajes techados con dinteles de algarrobo (Fig. 7).  En los ingresos se encuentra “cajuelas” –nichos con una laja vertical anclada al muro— que probablemente servían para atar una puerta de madera.  A la salida se encuentra un laberinto de muros altos y macizos, que brindan protección y privacidad al interior.  La ubicación de las portadas de ambas murallas forma parejas, aparentemente para que la muralla interna sirva de respaldo a la externa en caso sea superada.
El tercer muro, a menudo considerado una muralla, soporta una plataforma que rodea estructuras de planta circular y rectangular.  Los edificios de planta circular están compuestos por dos muros concéntricos con entradas controladas.  El edificio de planta rectangular, llamado el “Templo de los Pilares”, ha sido estudiado extensamente[ix].  Su orientación, alineada al rumbo “solsticial” de Chankillo, y ubicación en el punto más elevado, del que se divisa las Trece Torres, la Plaza, etc., son signos de su importancia.  Para facilitar su conexión visual con las ceremonias que se realizaba en el Observatorio, la Plaza, y otros edificios, las murallas en este lado se construyeron a partir de un punto más bajo.  Así, durante las festividades el Templo de los Pilares habría sido escenario privilegiado para los rituales.  Además, en el Solsticio de diciembre los peregrinos en la plaza podían contemplar la puesta de Sol sobre el Templo de los Pilares, convirtiendo su relación con el astro en una extraordinaria afirmación visual de su poder.
El Templo de los Pilares se compone de un atrio frontal y recintos posteriores (Fig. 8).  El nivel más bajo del atrio es una plataforma rectangular con escalinatas a ambos lados.  El nivel superior es una plataforma en forma de U, también con escalinatas.  La plataforma superior esta coronada por una galería de pilares rectangulares, que soportaban un techo de caña, soguilla y barro.  Una pequeña entrada conecta el atrio con la parte posterior a través de un acceso restringido.
Entre los recintos posteriores, destaca el Recinto 3, que es el más grande y mejor investigado.  Comparte con el atrio la presencia de una plataforma con galería de pilares.  Tiene un patio con entradas directas a otros recintos, conectado a la plataforma por una escalinata.  En la plataforma, ocho pilares de piedra y barro forman una galería elevada, techada por una estructura liviana, de caña, soguilla y barro. 
Las plataformas con galerías fueron probablemente escenarios para ceremonias.  Pero mientras la galería del atrio mantenía una conexión visual directa con las grandes congregaciones reunidas para las festividades en la gran plaza de Chankillo, el patio y galería del Recinto 3, cuyo acceso fue controlado estrictamente, posiblemente sirvió para las actividades rituales de una audiencia mucho más selecta.
En un muro del patio se descubrió un mural en bajo-relieve (Fig. 9 y 10).  Representa dos versiones, invertidas entre sí, de un mismo ser sobrenatural antropomorfo.  Tienen un tocado plano, y volutas que sugieren que podría tratarse de un personaje femenino; uno de ellos tiene una orejera.  La dentadura es pronunciada, pero sin colmillos.  Una simple línea representa el cuerpo, muy simplificado en comparación al rostro, y a partir del cual se despliegan extremidades con atributos de ave e insecto.  Los detalles técnicos de su manufactura sugieren que podría haber sido copiado de un textil.  Se puede suponer que en el resto del edificio existieron presentaron bajo-relieves similares.
Los pilares de la plataforma estaban decorados con un diseño de elementos escalonados (Fig. 11), que frecuentemente se asocia a seres sobrenaturales, creencias religiosas, y poder en los estudios sobre iconografía andina[x].  Además, se recuperó numerosos fragmentos de los pilares, modelados y con pintura blanca y amarilla, que representaban figuras que ya se han perdido.
El Templo de los Pilares se halló enterrado bajo un grueso desmonte, compuesto por piedra, tierra y barro, mezclado con fragmentos de colapso de los muros y pilares cercanos.  Este desmonte es el resultado de la destrucción intencional y enterramiento del edificio, que marca el fin de la ocupación de Chankillo.  Fueron sistemáticamente destruidos todos los pilares decorados, y algunas paredes, posiblemente aquellas con bajo-relieves, fueron desmanteladas.  En los casos de entierro ritual de edificios prehispánicos es recurrente el uso de rellenos limpios, depositados para preservar una estructura más temprana, y construir un nuevo nivel arquitectónico[xi].  Por contraste, los escombros que cubren el Templo de los Pilares deberían su origen a una  salvaje profanación, un esfuerzo intencional por destruir el templo y borrarlo para siempre de la memoria colectiva de toda una sociedad.  Probablemente, esta destrucción fue una consecuencia de la imposición de una fuerza externa, como resultado de un conflicto violento.

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