Desde la acera de enfrente, unos efectivos de la policía al mando del comandante Hugo Florián Pretel vigilan una modesta quinta de los suburbios del Cusco. Hace ya varios días que una chica sale de casa sólo para botar la basura y comprar algo de comida en la bodega de la esquina y, al entrar o al salir, asoma nerviosa la cabeza por la ventana y vigila la calle por breves instantes. Cuando cae la noche, las ventanas y las cortinas de aquel departamento siguen cerradas, pero las luces quedan encendidas hasta las dos o tres de la mañana, y unas sombras pasan por detrás, cruzando la habitación. Gesticulan.
– Por lo menos hay dos personas más en el interior de la vivienda. La mujer no está sola, mi comandante.
– Es verdad. Parece que la información es buena.
A la mañana siguiente observan que los sospechosos se mueven con más normalidad: la chica que involuntariamente los ha guiado hasta esa casa, sale llevando a un niño al colegio, tomado de la mano, y en ese mismo momento otra mujer se asoma brevemente por la ventana. 
Los efectivos la han identificado. 
Pretel decide reducir la vigilancia.
Han pasado diez meses desde que el 17 de enero de 2013  Janet y Lourdes, recibieran a través del Messenger una notificación indicándo que depositaran doscientos soles a la cuenta de Joel Ardiles Marmanillo para ayudar a escapar a su hermana Stéfany  de la red de trata que la tenía secuestrada, tiempo en el que la DIVINTRATP ha montado un complejo operativo. Durante estos meses, los policías han solicitado al Poder Judicial el levantamiento de la privacidad de las comunicaciones de los nombres filtrados por Stéfany. Así, lograron chuponear los celulares de la Reina del Delta y sus secuaces, Lonja y Maribel o, más específicamente, de Clara Quispe, Claver Ramírez y Yoana Masías Borda y, a través de ellos, descubrieron a los demás integrantes de la banda: José Ramírez, hermano de Claver y encargado de transportar a las jóvenes de Huánuco a Lima,  a Elías Farfán Salazar, alías, tío Juan, pareja de Clara y responsable del transporte de las víctimas de trata de Cusco a la zona minera de Madre de Dios, y a Leyla Calderón Choque y Karin Galicia Guardanaula, que ejercían el control directo sobre las víctimas en el Bar Taboo,  aplicaban los castigos físicos e imponían las multas con las que la red aumentaba las deudas leoninas de las chicas retenidas, y las que cobraban el dinero que los clientes pagaban por la venta del licor y los servicios sexuales de las chicas. 
Los operativos simultáneos de seguimiento y vigilancia en Huánuco, Lima, Cusco y Madre de Dios, vienen a confirmar lo que la DIVINTRATP ya sabe o sospecha: los roles de cada miembro, las rutas que suelen utilizar, los lugares dónde alojan a las chicas a lo largo del camino y las empresas de transporte que prefieren, entre ellas, la empresa de transportes Palomino. El 14 de mayo del año pasado, Lonja es  filmado en Huánuco, enredando a una nueva víctima a través del puesto de periódicos que tenía en la plaza de Santo Domingo, y al día siguiente es registrado en Lima con ésa chica y otra más, hospedándose en un hostal del Centro y luego pasándole la posta a Elías Farfán Salazar, quién finalmente las transporta en un auto particular desde el Cusco hasta algún puerto del Inambari para internarlas en el Delta 1.  Clara Quispe es quién articula, organiza y financia  la captación y el transporte de las víctimas. Y por los días en los que se decidió atacarla, la banda preparaba el traslado de un nuevo contingente de chicas hacia el Delta 1. 
En los días anteriores, en Huánuco, el comandante Pretel y sus hombres han seguido, filmado y capturado a José Romél Ramírez Céspedes y su hermano, Clever, alias, Lonja; y junto con el alférez Pineda, han llevado a cabo operativo que  liberó a más de 20 chicas víctimas de trata en el Delta 1 y capturó a Karin García Guardanaula, de 26 años y a Leyla Emperatriz Calderón. Sólo falta capturar a la cabeza visible de toda la organización, a La Reina del Delta, que, enterada ya de que los miembros de su organización han sido capturados, está en condición de no habida en la Ciudad Imperial. Desde hace días, que el comandante Pretel busca  en todos los domicilios conocidos que tiene Clara en el Cusco. Al tercer día, uno de los agentes del comandante ha hecho contacto con una de sus conocidas y la ha seguido hasta la casa donde ahora montan guardia los policías.
– Es ella –dice uno de los agentes, al reconocerla, cuando se asoma brevemente por entre las cortinas.Han dado con Clara Quispe Quispe, la Reina del Delta.
Cuando, un día después de obtenida la orden de allanamiento y detención expedidas por la fiscalía del Cusco, la policía se acercó a la casa donde estaba escondida Clara Quispe Quispe, el comandante Pretel se pregunta si sería necesario el uso de la fuerza para detenerla. Sin embargo, ni siquiera necesitaron mostrar la orden de allanamiento. La dueña de la quinta les abre la puerta sin mayores problemas y el contingente de policías, camina a paso ligero hacia el fondo del callejón, hacia la escalera que conduce al segundo piso. En la primera puerta de madera que encuentran, vuelven a tocar. Y esta vez les abre la amiga que había estado encubriendo a la Reina del Delta.
Dentro, Pretel ve una salón, una mesa pegada a la pared, unas cuantas sillas y un refrigerador. A un lado, la cocina, el baño, y la habitación de la amiga de Clara. Al fondo de la vivienda, donde debía haber un comedor, la chica había acondicionado otro cuarto, con una cama sobre un andamio sobre la que los policías encuentran a Clara, tumbada junto con un niño de tres años.
Durante los primeros minutos del operativo, mientas los policías registran la casa, Clara no logra salir de su estupor. El operativo ha tomado a Clara y a su amiga por sorpresa. A pesar de las precauciones, a pesar de que sabían que la policía las buscaba y que el resto de su banda había sido desarticulada en los días anteriores, no pensaron que caerían sobre ellas y las encontrarían tan rápido.
Un fiscal realizaba con ellos la inspección del domicilio.
– Tenemos una orden limitativa de derechos contra usted –dicen a Clara.
– ¿Una qué? – Clara parece no entender.
– Una orden de detención.
El apartamento es un lugar modesto, muy modesto para la cantidad de dinero que había estado moviendo Clara en los últimos meses, tal como los vouchers que encontraron los policías vendrían a demostrar: transferencias entre Puerto Maldonado y Cusco por siete y ocho mil soles, aproximadamente, que los administradores del Bar Taboo le hacían llegar todos los días.
En su primera reacción, La Reina del Delta ofrece un soborno a Pretel, al fiscal al resto de los policías.
– Podemos arreglar.
Es un montón de dinero, que rechazan.
Mientras uno de los agentes, comienza a leerle sus derechos –unos eufemismos a los que el verbo “gozar” agrega ironía (“ a partir de este momento gozará usted de todos los derechos y beneficios que la asisten como detenida”)– y conforme avanza la diligencia, Clara comprende que está perdida, que la trasladarán a Lima para que responda sobre los delitos que se le imputan y, al hacerlo, al asumir por fin la realidad, rompe en llanto.
– ¿Y ahora, con quién se va a quedar mi hijito? – el niño de tres años que no se desprende de las faldas, y llora asustado, sin saber por qué hay tantos desconocidos rodeando a su mamá.
– ¿Quién puede quedarse a cargo del menor?
Los policías logran averiguar que la ex–suegra de Clara también vive en Cusco y la mandan traer al domicilio para que se haga cargo del niño.
Y la imagen terrorífica de La Reina del Delta que podían haberse formado Pretel y sus hombres en los meses que duró poner en marcha el operativo, la enemiga, la delincuente que secuestra, extorsiona y esclaviza a otras mujeres como ella en el Bar Taboo, se desvanece frente a la muchacha asustada de 26 años que tienen delante, una madre soltera, una víctima de la necesidad, y luego de la avaricia, que, en ese momento, no sabe cuándo podrá volver a ver a su hijo.